domingo, 7 de octubre de 2012

Bangkok: la tierra de la perdición

Como ya sabéis el pasado agosto decidí celebrar mi trigésimo cumpleaños regalándome un viaje a Tailandia y Singapur. El viaje fue completito, incluyendo la selva turística de Chiang Mai, la estéril perfección de la ciudad-estado de Singapur, la paradisíaca calma de Koh Phangan y, empezando y terminado el viaje, el caos desmesurado de Bangkok.

Bangkok es una ciudad gigantesca que alberga a más de 8 millones de personas, el equivalente a toda la población de Andalucía. Ante una ciudad de tamañas dimensiones lo primero que uno tiene que dirimir es la cuestión del transporte, para lo cual, debido a los bajos precios, lo mejor es servirse del taxi. Pero cuidado, en Bangkok son todos unos timadores y el proceso ha de llevarse a cabo con detenimiento; por defecto el proceso sucede de la siguiente manera:
  1. El turista levanta la mano para llamar la atención del taxi.
  2. El taxista detiene el vehículo y baja la ventanilla del asiento de pasajero.
  3. La reacción natural del turista es la de acercarse a la ventanilla abierta.
  4. El taxista pregunta el destino (antes incluso de haber subido al taxi).
  5. El turista indica el destino tras lo cual el taxista ofrece un precio desorbitado.
El precio ofrecido por el taxista se puede negociar, pero aún así será siempre un precio exagerado con respecto a estándares locales. La clave está en el paso 3 del proceso anterior: cuando el taxista baje la ventanilla has de ignorarle completamente, abrir la puerta del asiento trasero, entrar y sentarte sin remilgos. Cuando el taxista se gire le dices tu destino y le pides que conecte el taxímetro. Raro es el taxista que se niega llegados a este punto, y al final del trayecto pagarás la mucho más barata tarifa oficial (típico trayecto en taxi entre 1€ y 2€).

Serpiente con cinco cabezas humanas custodiando un templo
Una alternativa a los taxis son los tuk-tuk, unas motocicletas con asientos en la parte trasera. El trayecto es un poco más incómodo y no hay posibilidad de taxímetro, solo negociación, pero es toda una experiencia que recomiendo vivir al menos una vez.


Una vez solucionado la cuestión del desplazamiento, el siguiente paso es decidir adónde se va. Bangkok tiene una oferta cultural relativamente modesta, aunque el Gran Palacio y el templo Wat Arun, situados uno junto al uno, son de visita obligada. Los tejados de oro indican la cercanía del templo a la familia real tailandesa. La omnipresencia de elefantes (algunos de ellos con tres cabezas), dragones, gigantes guerreros y otros seres típicos de la mitología budista son muestra de la historia y cultura locales. El Buda de Esmeralda (que por cierto no es de esmeralda sino de jade) es el maestro de ceremonias, vestido con ropas de oro que el príncipe heredero cambia personalmente con cada estación.

Sin embargo, impresionante como estos complejos religiosos pueden ser, considero que el mejor atractivo de Bangkok reside en todas las vertientes de ocio. Para empezar, los restaurantes: al ser Bangkok tan sumamente barato en comparación con Europa uno puede visitar restaurantes de calidad, con servicio exquisito y delicada música en vivo, pagando lo que uno pagaría por una cena corriente en el viejo continente; eso sí, ¡cuidado con el picante! En Tailandia se come chili como si fueran palomitas... es más, creo que se lo echan a las palomitas.

Tras una buena cena se puede acudir a un buen bar de copas. Y por "buen" me refiero literalmente a uno de película: el Sky Bar en el piso 62 del hotel Sirocco, donde ser rodó gran parte de la película Resacón 2, ¡ahora en Tailandia!. Las vistas sobre todo Bangkok son espectaculares, y la lista de cócteles se merece una buena ronda de reconocimiento.

Ahora bien, si Bangkok es conocida por algo, es por su fiesta desmedida, con epicentro en la calle Khao San. Si hubiera una lista de pecados tras la cual uno se va al infierno sin remedio, en la calle Khao San te podrías ganar el pase en menos de una semana. Masajes a pie de calle, discotecas gratuitas, bares donde los camareros llevan camisetas que dicen "no pedimos carné de identidad"... cuando la fiesta se acaba la gente simplemente sale a la calle, donde los bares siguen sirviendo, y baila al ritmo del mega altavoz portátil que alguien ha instalado en pos del gentío. El clima en Bangkok siempre es cálido, lo que significa que aún en la calle la gente va ligera de ropa, y los más musculitos aprovechan la coyuntura para quitarse la camiseta y lucir tórax. Y ahí estás, en mitad de la calle tras una noche de alcohol y roce de bajofondo, con la camiseta Dios sabe dónde tratando de calmar esa sed que no se cura con agua. Y aparecen las prostitutas, tailandesas entrenadas qué saben qué pie calzan los extranjeros. O tailandeses, que los locales conocen el arte del maquillaje y el relleno hasta el punto de que a plena luz del día te hacen dudar. Y los foráneos caen como moscas, y contentos. Que mañana es otro día y se hace lo mismo que ayer, siete jornadas por semana, beber en los bares de Khao San y darse a la noche como si no hubiera mañana, aunque lo hay y es igual que hoy. Y volver a bailar y a rozarse con locales y visitantes, no le vayan a uno tachar de racista, que al fin y al cabo esto es Bangkok y uno ha venido a lo que ha venido.

Digo.