miércoles, 16 de mayo de 2012

La historia desde el otro lado

Tengo ambición, lo sé. Lo que la vida me ofrece no es suficiente, tengo unas aspiraciones difíciles de satisfacer. Anhelo proyectos, logros. Anhelo prestigio y, por qué no, dinero. Anhelo algo que pueda llamar mío, algo de cuyo éxito o fracaso solo yo sea responsable. Y decido emprender.

Los inicios son duros, hace falta dinero y nadie me lo da. Los bancos me cortan el crédito y los inversores andan recelosos, así que tengo que recortar mis aspiraciones a mi presupuesto... por el momento. Exprimo cada céntimo, entre otras cosas evitando al máximo la dependencia hacia otras personas: yo me lo guiso y yo me lo como, y me paso cerca de 80 horas a la semana trabajando.

Llegan los primeros clientes, los primeros contratos. Estos marcarán tendencia, así que tiene que salir bien... si gusto volverán, si no ahuyentarán a los siguientes. Y me mato a trabajar, estoy agotado, pero no me importa porque es mi proyecto, mi vida, y lo estoy sacando adelante con el orgullo de mi sudor. Finalmente los clientes están contentos, incluso me recomiendan a otros, consigo más contratos y lo que empieza a ser cierta estabilidad en mi flujo de caja. Llega la hora de hacer algunos cambios.

Contrato a un par de empleados, los busco leales pues necesito poder contar con ellos en las horas bajas, aún no estamos para tirar cohetes. Delego en ellos parte de mis tareas pero no por ello trabajo menos horas, aprovecho el tiempo liberado para estudiar lo que ha fallado, lo que podría mejorar y hacia adónde he de virar el rumbo para asegurar el éxito. Pero poco a poco mis empleados van aprendiendo y el negocio se va asentado.

La empresa crece, ya somos unos cuantos. Justo cuando empezaba a pensar que podría bajar el ritmo y empezar a llevar un horario normal (como me recomienda el médico), veo indicios de que otros empiezan a copiar mis ideas y mi modelo de negocio. La cosa aún no es grave, pero podría serlo, y las relaciones que tanto me ha costado entablar con mis clientes podrían irse al traste. Es vital alcanzar una masa crítica, incrementar mi cartera para que la potencial pérdida de uno o más clientes no me supongan un desbarajuste económico. La zona está ya saturada y necesito expandirme a otras geografías, y eso implica oficinas nuevas, personal nuevo, productos nuevos... una inversión inmensa para la que no tengo capital. El crédito sigue siendo difícil así que decido rehipotecar mi casa para obtener el dinero necesario; si esto falla estoy en un buen aprieto, pero no quiero rendirme todavía.

La apuesta ha salido bien, nos hemos expandido a las principales ciudades del país y mi empresa ya cuenta con varios cientos de empleados, aunque la competencia empieza a ser cada vez más seria. Uno de mis empleados más antiguos ha decidido marcharse a una multinacional para crear una división que sea precisamente una copia de mi empresa... utilizando todo el conocimiento que le he dado durante estos años. Además la multinacional cuenta con unos recursos formidables: centros de operaciones de bajo coste en Chile, programadores en India, control de transacciones completamente automatizado que les permite procesar el mismo volumen que yo con la mitad de operarios... Aún tienen que ensamblar al equipo y salir a mercado, pero esto es serio, con unos costes operativos tan inferiores a los míos podrán ofrecer un precio mucho más bajo que yo y entonces será solo cuestión de tiempo hasta que esté en la calle. No veo más salida que externalizar algunas de mis operaciones a subcontratas de bajo coste y automatizar gran parte de mi trabajo manual, lo que inevitablemente implicará amortizar personal innecesario.

Los empleados se vuelven contra mí, me acusan de despidos arbitrarios. Dicen que no tengo derecho a quitarles sus puestos de trabajo, olvidándose de que si tienen trabajo es porque yo se lo di. Me llaman siervo del beneficio, a mí, que me endeudé hasta jugarme mi propia casa para sacar esta empresa adelante. Mi llaman insolidario para con la clase obrera, a mí, que trabajé como una mula arriesgando incluso mi salud para levantar esta empresa. Me llaman acomodado, a mí, que mientras veía a todos los demás sentados en el sofá esperando a que le dieran un trabajo donde le dijeran qué hacer decidí aventurarme donde nadie se había aventurado y crear un mercado nuevo. Me amenazan con la huelga, con llevar el asunto al comité de empresa. Me dicen que sus representantes les protegerán en esta vulneración de sus derechos, que no me saldré con la mía. Me dicen que son muchos y que eso les da la fuerza y la razón para luchar. Y me dicen todo esto sin darse cuenta de que están hundiendo mi empresa, mi sueño, y que con ella se hundirán todos ellos.

¿Qué hago?