lunes, 16 de abril de 2012

Vida offline

Con el advenimiento de la banda ancha móvil y el abaratamiento de los teléfonos inteligentes hemos poco a poco entrado en un fenómeno que llamo hiperconectividad. Nuestros móviles hacen de todo, se dice que un iPhone cualquiera tener mayor poder de cómputo que el ordenador de abordo del Apolo XI, y lo explotamos hasta el extremo. Mientras escuchamos música mandamos unos enlaces a Twitter, tras la cual comentamos las fotos de un amigo en Facebook, contestamos el correo y mandamos unos cuantos mensajes para la quedada de mañana por la noche (mensajes que pueden viajar en formato SMS, WhatsApp o para algunos incluso Skype).

Ver a viandantes cabizbajos con ojos bizcos mirando al móvil se ha convertido en una estampa común, dependencia similar a la que experimentamos a veces con la wifi. Yo mismo confieso que me falta tiempo para sacar el móvil en cuanto salgo del metro y recupero la cobertura para poder continuar esas conversaciones que dejé a mitad cuando entré. Y de hecho así iba yo el martes pasado, móvil en mano poniéndome al día por WhatsApp con una amiga de vuelta a casa por la noche, cuando me robaron el móvil.

La policía y la compañía fueron notificados para bloquear el móvil y la tarjeta SIM. Los agentes harían sus pesquisas por la zona (aunque ya me advirtieron de la baja probabilidad de recuperar mi iPhone), mientras que la compañía se comprometió a mandarme una SIM nueva para que pudiera seguir disfrutando de mi contrato con mi número. Por supuesto tardaré un par de semanas en decidir qué móvil quiero a continuación y adquirirlo, pero mientras tanto puedo agenciarme con el móvil más barato de la tienda e ir tirando... o eso pensé.

Mis primeras conclusiones de esos días sin móvil fueron lo muchísimo que lo uso, más incluso de lo que pensaba. Además de la mencionada hiperconectividad echaba mano del móvil en el supermercado para consultar la lista de la compra. También al doblar la ropa limpia, pues suelo escuchar podcasts. Oh, y en cualquier momento que veo algo interesante en la calle, cuando tomo una foto y la publico en Twitter. Y, por supuesto, algo tan mundano como mirar la hora.

No tengo reloj de pulsera, por lo que mi móvil es al mismo tiempo mi reloj y mi alarma. Lo de las mañanas lo he conseguido solucionar con el iPad, pero la hora... simplemente me he resignado a no saber qué hora es. ¿Y sabéis qué? No es tan malo. El viernes fui a un bar tras el trabajo con unos amigos, tomamos unas copas, conocimos gente nueva, pasamos un buen rato... y en ningún momento supe qué hora era. Cuando me quise dar cuenta estaban cerrando el bar y nos estaban pidiendo que nos marchamáramos; eran las 3:00, llevábamos siete horas ahí metidos. Y me gustó.

Resulta refrescante romper con la hiperdependencia de la hiperconectividad. Es liberador poder hacer cosas sin pensar más que en el momento en el que vives, no en qué están diciendo otras personas en Twitter, qué fotos se han subido a Facebook o, simplemente, qué hora es. Simplemente aquí y ahora, lo muy muy local, lo que ocurre en tu alrededor inmediato... que es al fin y al cabo lo único que te afecta directamente. Tras tantos seminarios, charlas y simposios sobre social media, resulta que mi mayor revelación reciente viene de perder el móvil y redescubrir mi vida offline.

Pensándolo bien creo que no voy a comprarme móvil nuevo, al menos no todavía. Disfrutaré durante unos días de la comunicación intermitente y de la disponibilidad del ahora. Al fin y al cabo el tiempo es finito, y el que dedicas a permanecer en contacto con los que están lejos lo pierdes con los que están cerca. Inténtalo, experimenta, apaga el móvil durante una semana entera y dime qué tal te sientes. No te arrepentirás.