martes, 3 de enero de 2012

Un pino en el retiro

Recientemente he cambiado de empresa y, para que conozca a todos los miembros del equipo, mi jefa ha decidido mandarme en peregrinaje por las oficinas para ir tomando contactos. Y, como con todo viaje, descubres las diferencias.

Al pasar de una megacorporación internacional a una de tamaño medio descubres que no todas las oficinas están en localizaciones céntricas, es más, hay algunas, como la que acabo de visitar, que están en lo más recóndito de la campiña inglesa. Solía utilizar salsa de reuniones con vistas a la catedral de St Paul, mientras que ayer estuve en una sala desde la que podía ver... tres vacas.

Al acabar la jornada, rigurosamente a las 17:30 pues la carga de trabajo está controlada (si necesitas hacer horas extra debes confirmarlo con tus jefes antes, pues esto puede significar que tu carga es excesiva), me dirijo al hotel. Mi Premier Inn está igualmente en mitad de la nada, y al ser un hotel para viajes de negocios cortos no tiene gimnasio, piscina ni nada similar... total, que nada para hacer. Estoy en la habitación, solo, aburrido, tratando de averiguar en qué podría invertir el tiempo.

"Voy a hacer el pino".

Y me pongo a tirarme contra la pared tratando de mantener la vertical invertida cuando mis pies tocan yeso. Mi técnica no es muy depurada y me pego unos cuantos guarrazos contra la pared. En uno de los intentos me caigo al suelo en mala postura y me crujen tres cervicales; decido que necesito estudiar mis movimientos con detalle, así que echo mano de la tecnología y me pongo a grabarme con el iPhone mientas sigo buscando el pino que hay en mí (más bien parecía un alcornoque, oigan).

Tras visionarme un par de veces decido que no quiero seguir probando, que lo mío no es el mundo vegetal, pero ya que estoy en modo ejercicio me pongo a recordar las clases de yoga: volteretas hacia atrás, saludo al sol, bebé feliz... Luego me dar por hacer piruetas de ninja y me rozo los pies con la moqueta, que era un tanto tosca. Y hasta aquí podríamos llegar, que el ejercicio a lo yamakazi está muy bien, pero solo mientras mantenga intacta mi integridad física.

"Relajémonos", me digo, y busco el mando de la tele. Pero, oh qué sorpresa, no tengo un mando sino dos, así que la abundancia de recursos y la falta de una programación aceptable me motivan a inventar un nuevo deporte: el zapping extremo. Miren con qué rapidez puedo cambiar canales, ¡a tope!





Con eso puedo cambiar de canal antes incluso de que sintonice, por lo que no me da ni tiempo para aburrirme con lo que echan... Pero tras darle tres vueltas completas a la lista de canales (y hay un par de cientos) se vuelve un poco aburrido, así que apago con el mando A y decido recurrir a los clásicos que siempre funcionan: Me voy al bar, me tomo una pinta y me meto chuletón entre pecho y espalda. Y a dormir como un bebé.