lunes, 1 de agosto de 2011

15M: De la indignación a la reflexión

Más de dos meses después de que brotara el que ha venido a conocerse como movimiento de los indignados me he decidido por fin a escribir mi primera reseña al respecto. La razón por la que no lo hiciera antes es que quería contar con algo de perspectiva antes de pronunciarme, no quería que la excitación del momento nublara mi juicio (puede que aún hoy lo haga, pero quiero pensar que es menos probable).

Mi primera reacción ante la noticia fue de alegría. Por fin la gente salía de su letargo y se decidía a moverse, por fin podíamos poner coto a tanto comentario sobre la dejadez de la juventud, la crítica de bar, la asunción de que sería otro el que arreglara las cosas. Sin embargo, los primeros pasos siempre son inciertos, y en retrospectiva podemos decir que la euforia del momento nos hizo pensar que el movimiento era mucho más poderoso de lo que en realidad era.

Esto no debe desanimarnos, es un primer paso magnífico y que debe representar el inicio de un viaje, pero para que la cosa funcione hemos de echar un vistazo atrás y ver dónde hemos tropezado:

1. Repercusión no implica relevancia

Multitud de medios tanto nacionales como internacionales se hicieron eco del movimiento, los acampados miraban a su alrededor y veían a miles de personas, y muchos pensaron que esto era el cambio de todo. Pero entonces llegaron las elecciones municipales y autonómicas y el nuevo dibujo político no mostró signos de verse influenciado por el movimiento, y es que decenas de miles eran los indignados, pero millones los votantes. Hay que ser realistas y tener en cuenta las estadísticas, Roma no se construyó en una hora.

2. La credibilidad se obtiene defendiendo valores, no defendiendo personas

Nos hemos pasado los últimos dos años primero criticando a la banca por sus excesos, su avaricia y su falta de juicio a la hora de hacer inversiones y luego criticando a la Administración por su corrupción, su malgasto y su manía de anclarse al rédito político en lugar de ayudar al ciudadano. Pero, seamos sinceros, la banca y la Administración no son los únicos que cometieron grandes alardes de irracionalidad. Como bien muestra Aleix Saló en su Españistán, tenemos en este país grandes ejemplos de gente que "mandó a tomar por culo los estudios" para dedicarse a la construcción o de gente que se hipotecó a 40 años sin tener bien claro cómo iba a pagar las letras... esto también es una irracionalidad.

Si queremos el apoyo de la sociedad debemos ser consecuentes con nuestros valores, y si la racionalidad es un valor a tener en cuenta lo es tanto en la banca y la Administración como en nosotros mismos. Así pues, criticar a unos mientras defendemos a los otros no hará sino menoscabar nuestra credibilidad como movimiento justo y racional.

3. Exigir cambios es fácil y proponerlos es bonito, pero ejecutarlos es lo realmente responsable

El despertar de la conciencia social debe ser seguido por la emancipación de papá Estado. Tras años viviendo con las manos atadas, sin opción de hacer o incluso protestar, nos ha costado un tiempo darnos de cuenta de las cosas no tienen por qué ser de la manera que son, y nos hemos levantamos para decirlo. Pero ha llegado el momento en que debemos plantearnos si el Estado está haciendo un buen trabajo con el dinero que le damos o si, por el contrario, la sociedad debe retomar esas responsabilidades que le cedió y que no supo llevar. Mucho se ha dicho sobre lo poco que el Estado representa a la sociedad, si este es el caso, ¿por qué no dejar de intentar que el Estado nos represente y empezar a representarnos a nosotros mismos?

Somos una generación nueva, preparada. A buen seguro no conocemos todas las respuestas y cometeremos algunos errores, pero hemos llegado al punto en el que vivir bajo el ala del Estado nos hará más mal que bien.

Si ellos no saben qué hacer, tendremos que hacerlo nosotros.