lunes, 13 de junio de 2011

La dictadura que nunca acabó

Este artículo fue redactado el sábado 11 de junio de 2011.

El sábado pasado, con más de dos años de retraso, me decidí por fin a cumplir con mi obligación de ciudadano y registrarme en el consulado español en Londres como residente en el extranjero. He tratado suficiente con la administración española como para escribir tres nuevas versiones del Vuelva usted mañana, pero incauto de mí pensé que bastaría con conocer la documentación requerida y el horario de atención al público. Allí me planté únicamente para ver un cartel en la puerta que decía "lo siento, hoy no abrimos".


Un pequeño tropezón, me dije, y volví hoy. Ahora bien, uno esperaría que si el horario de atención al ciudadano es de 10:00 a 12:00 (horario por otra parte absurdamente reducido) y llega a las 11:00, no debería tener problema para realizar un mero papeleo, pero esto sería mucho esperar en España. Una cola de unas 10 personas parecía ser mucho para la muy "honorable" vicecancillera, quien salió a las 11:15 para decir que ya nos podíamos ir a casa, porque tenían mucha gente y no nos iban a atender. Fin de la historia, el faraón ha hablado y en el pueblo no ha derecho a chistar. Pero nos quedamos y nos quejamos, exigimos que la vicecancillera (porque el cónsul no trabaja los sábados) saliera y diera la cara, pero no había manera. El agente de la Guardia Civil que custodiaba la entrada cerró la puerta en nuestras narices. Comencé a aporrear dicha puerta con el casco de la bici mientras gritaba que aquel trato era inaceptable, inadmisible, intolerable. Exigí un libro de reclamaciones para protestar y aquel agente, no sé si con cierta sorna, me dijo que la hora ya había pasado y el libro estaba en un cajón, y de ahí no se iba a sacar hasta el lunes; eso sí, me recomendó que volviera a principios de semana si lo que quería era protestar. "Guardia Civil", bien podrían llamarla Pretoriana pues su cometido parece ser proteger al dirigente, no al ciudadano.

Ante la frustración del momento una mujer afirmó "realmente nunca dejamos atrás la dictadura". Al principio pensé que era un comentario un tanto exagerado, obviamente fruto de la tensión, que la naturaleza del problema no era dictatorial sino disciplinaria: las personas que allí trabajan simplemente no tiene vocación de servir, los ciudadanos somos solo "esos, los que me amargan el sábado". Pero después me puse a pensar y recordar y me di cuenta de que aquel comentario realmente tenía mucho de razón. A la memoria me vino aquel examen de matemáticas donde una demostración era requerida, y yo ofrecí una respuesta que, según palabras textuales de mi profesora, era matemáticamente impecable; sin embargo me llevé un cero como una rosca porque, a pesar de ser una demostración perfectamente correcta, no era la que la profesora había enseñado en clase. Nuestra docente quería que repitiéramos como loros cuando yo opté por pensar, y fui castigado por ello.

No fue el único problema que tuve con el sistema educativo español. En la universidad solíamos tener teoría y práctica, y en no pocas ocasiones el profesor de teoría se retrasaba en su programa. El profesor de prácticas, ajeno al programa de teoría, nos exigiría aplicar conceptos que no habíamos adquirido, y al exponer los alumnos la situación se lavaría las manos diciendo que ni era su responsabilidad explicar los conceptos teóricos ni era problema suyo si el profesor de teoría iba retrasado. Al hablar con el profesor de teoría este nos diría que no podía influir sobre el programa de prácticas. Y si discutíamos el tema con el jefe de departamento se escudaría en la libertad de cátedra da la que gozan los profesores. ¿Y los estudiantes? Pues que se apañen.

La cosa no iba solo conmigo. Mi hermana tuvo unos malos años en el colegio, hasta el punto de suspender ocho de sus diez asignaturas al final de curso; con semejante expediente asumimos en la familia que repetiría curso, pero el jefe de estudios no parecía opinar igual. Ese era su último año en el colegio, si pasaba de curso iría al instituto y el jefe de estudios se quitaría una estudiante difícil de encima, a pesar de que su preparación para el siguiente paso era más que cuestionable. Con mucha perserverancia y oposición por parte de toda la jerarquía educativa conseguí llevar el caso hasta el inspector de educación, una de esas personas estiradas que se hacen llamar a sí mismas "honorable". Llegué con copias de la legislación vigente que afirmaba que la familia podía exigir que el estudiante repitiera curso aún en contra del criterio del profesor si demostraba que había serias dudas sobre la correcta preparación del estudiante, y argumenté que ocho de diez asignaturas suspendidas nos parecían duda suficiente. Presenté mis argumentos con seriedad y respeto, y el honorable inspector los ignoró afirmando que contaba con un informe confidencial al cual ni siquiera la familia podía tener acceso y que era favorable al traspaso de mi hermana al instituto. Y así, tirando de documentos secretos y de título de honorable me despachó a tomar viento fresco.

Alguno pensará que me quejo mucho de la educación y posiblemente concluya que fui uno de esos holgazanes que siempre le echaba la culpa al profesor... nada más lejos. Me gradué en Ingeniería Superior Informática obteniendo el cuarto mejor expediente de toda España. Mis notas me dieron, entre otras cosas, la única beca entre cuatro universidades españolas para cursar un año de mis estudios en Tokio, ciudad donde, por cierto, empezaron mis problemas con los servicios consulares. También allí fue a registrarme como residente en el extranjero llevando toda la documentación necesaria, papeles, pasaporte, DNI y dos fotografías de tamaño carné, en color, de frente y con la cabeza descubierta. El honorable cónsul miró con el ceño fruncido mis dos fotografías de tamaño carné, en color, de frente y con la cabeza descubierta y las descartó porque en ellas aparecía sonriendo. ¿Decía algo la normativa acerca de no sonreír? ¿Decían algo las circulares, la página web, la locuación telefónica o los carteles en las paredes de la embajada? No, pero eso no importaba, lo importante es que al honorable cónsul no le gustaban las fotografías de tamaño carné, en color, de frente, con la cabeza descubierta y una sonrisa, él las prefería de tamaño carné, en color, de frente, con la cabeza descubierta y el semblante serio, y como el muy honorable las quería así, así tenían que ser y otro día tuve que volver.

La verdad es que aquella mujer tenía razón, nunca dejamos atrás la dictadura. Tenemos elecciones, sí, pero estas son como las de Macondo: una mera patraña diseñada no para darle voz al pueblo, sino para hacerle callar. En el fondo seguimos estando a merced de un Gobierno y su ejército de funcionarios cuyos objetivos están lejos de servir al ciudadano, porque aquí el ciudadano no importa un carajo. Sigue habiendo un claro arriba y abajo, donde arriba es el Gobierno y abajo el pueblo. Sigue habiendo un absoluto desdén hacia las personas y un extremo desinterés sobre el destino del país, a ninguno de esos endógamos les importa un pepino hacia donde va este barco en el que estamos todos metidos, lo único que quieren es ser capitán y dar órdenes. Nadie se hace responsable, nadie es culpable, nadie da la cara por esta España que a todos nos duele pero ninguno quiere arreglar. La España de la que algún diremos aquello de "entre todos la mataron y ella sola se murió".

Treinta años de existencia pensando que el camino a la democracia pasaba por la transición. Hoy, frente a una puerta lacada en negro y custodiada por un hombre vestido de verde, he tenido que aprender (muy a mi pesar) que dicho camino pasa por cinco años de trabajo en Londres y un pasaporte británico.