domingo, 5 de junio de 2011

Hacia un nuevo antropocentrismo

Finales del siglo X. Con el año 1000 aproximándose, una cifra tan ominosamente redonda, los habitantes de la vieja Europa se preparan para lo que creen que va a ser el fin del mundo. Rige el teocentrismo, todo gira en torno a un Dios que pronto pondrá punto y final a la existencia y empezará a juzgar a hombres y mujeres. Pero el año 1000 llega y pasa, y nada sucede, y poco a poco los habitantes de este planeta se convencen de que el mundo no se va a acabar, preocupándose un poco menos de Dios y un poco más de sí mismos, volviendo la vista hacia el humano por el simple hecho de ser humano y no obra del Señor, llegando al Renacimiento.

Ahora, a principios del XXI, parecemos estar a punto de alcanzar una revelación similar esta vez con respecto al planeta. Antiguamente se utilizaban los recursos disponibles sin demasiada preocupación por su agotamiento, el ritmo de regeneración era mayor de lo que pudiéramos consumir, tendencia que ya sabemos no es sostenible en nuestros días; sin embargo, científicos empiezan a darse cuenta de que la influencia humana va mucho más allá de lo que creíamos.

Nuestro desarrollo es capaz de obrar cambios a escala geológica pero a un ritmo varios órdenes de magnitud mayor. Montañas onubenses que tardaron milenios en formarse fueron horadadas y borradas del mapa en apenas 200 años de actividad minera, dejando en su lugar hondas ollas como Corta Atalaya (la cantera más grande de Europa), con consecuentes cambios en corrientes eólicas aún por estudiar. Mares y océanos son conectados por canales artificiales como el de Suez o el de Panamá, mientras que Dubái es capaz de crear islas nuevas. Y nuestra afición por los embalses y los trasvases provoca cambios en el nivel freático, la salinización de los ríos y hasta la actividad sísmica (véase informe de la UCM).

Pero, impresionante como esto es, lo que está empezando a impactar nuestras conciencias son los cambios indirectos, aquellos que surgen como resultado de nuestras actividades. Y es que la cantidad de biomasa directamente controlada por nosotros, tanto en forma de agricultura como de ganadería, hace que ya no podamos ver la naturaleza como un elemento que estudiamos de manera aislada, sino que somos parte activa e influyente de la misma. Es el principio de incertidumbre de Heisenberg aplicado al medio ambiente. Varios ejemplos me vienen a la cabeza:

  • Las plantaciones de arroz en la Albufera de Valencia y en el Delta del Ebro causan eutrofización de humedales afectando a todo el ciclo biológico de los mismos (la eutrofización es el exceso de nutrientes en un medio acuoso y provoca el crecimiento excesivo de algas en suspensión, estas bloquean la luz solar impidiendo que llegue al fondo, acabando con la vida de las plantas que allí enraízan, eliminando el refugio de pequeñas especies como camarones o samarucs y de esta manera el sustento de la cadena alimenticia ulterior).
  • La ganadería masiva de rumiantes provoca emisiones de metano cuya relevancia no pasa desapercibida por la Agencia de Protección del Medio Ambiente de EE UU. Suena a risa, pero los pedos de vacas, ovejas y compañía suponen el 28% de las emisiones globales de metano relacionadas con la actividad humana.
  • La concentración excesiva de una especie de árbol o planta puede modificar las características del suelo. El eucalipto se ha utilizado masivamente para producción maderera y para desecar humedales, y durante mucho tiempo se ha debatido su acción acidificadora del suelo.
  • Cimarrones han hecho (y siguen haciendo) estragos ecológicos en todo el mundo. Las cabras amenazan a las tortugas gigantes en los galápagos mientras que los imparables conejos australianos acaban con cosechas enteras.

Y es que nuestra capacidad de cambio se está haciendo tal que ya no podemos ignorarnos a nosotros mismos. Estamos virando hacia una nueva forma de antropocentrismo, un nuevo entendimiento sobre cómo todo gira alrededor del ser humano: estamos entrando en lo que algunos ya llaman el Antropoceno.