sábado, 14 de mayo de 2011

El circo de los horrores

Esta es una reflexión sobra la ética, la moral y la humanidad y de como estas parecen evolucionar (o más bien devolucionar) con el paso del tiempo. Pensemos en el circo. Solíamos tener animales en el circo, no muy bien tratados, no sanos, no limpios. Les hacíamos aprender trucos prácticamente a base de tortura, darles palos hasta que lo hicieran bien. Latigazo al tigre o al león, fusta para el caballo. Pero esto no era ético, y protectoras de animales de todo tipo se quejaron para que se pusiera término a semejante falta de humanidad. Progresivamente el trato animal en circos fue mejorando o incluso desapareciendo, naciendo iniciativas como El Circo del Sol cuyo principal atractivo inicial era "un circo sin animales".

Un efecto similar hemos ido teniendo en parques zoológicos. Tradicionalmente cazábamos animales salvajes, los metíamos en una jaula y los exponíamos al público alimentándonos con pienso y abandonándolos a las inclemencias del tiempo. Y con eso estábamos contentos... hasta que empezamos a hablar de humanizar los parques zoológicos. Jaulas más grandes, trato más justo. Y creamos parques de grandes espacios donde los animales tenían libertad de movimiento, parques como el de Cabárceno en Santander o el Bioparc en Valencia, parques donde ya no hablamos de cautividad, sino de semicautividad y de recreación del entorno de origen.

Pero, ah, aquí radica el cinismo de nuestra moral. Afirmamos que el trato vejatorio a animales es cruel porque, dada nuestra evidente superioridad como humanos que somos, no es justo que abusemos de ellos pues no tienen la oportunidad de defenderse en igualdad de condiciones. Ahora bien, cuando dejamos de "abusar" de los inferiores animales dejamos de tener un espejo en el que vernos, ergo, nuestra superioridad deja de ser evidente, y precisamos de otro grupo de seres inferiores con el que compararnos. Así que metemos a una serie de individuos en una casa y echamos la llave al mar, lavando nuestra conciencia diciéndonos que "ellos entraron libremente". Llenamos la casa de cámaras para no perdernos detalle, lo llamamos Gran Hermano, la vida en directo, y ya tenemos otro circo donde mirar a criaturas inferiores para nuestro regocijo.

La fórmula funciona, nos encanta. Y surgen los hijos bastardos: El Bus, Operación Triunfo, Escuela de Actores, Cita x Cita, Generación NINI, Hijos de Papá... Toda excusa es buena, todo argumento vale para engendrar un nuevo freak show ante el que sentirnos mejores personas. Los miramos por encima del hombro, los juzgamos, debatimos en el bar o incluso en tertulias televisadas si debieron hacer o decir esto o aquello. ¿Hasta qué punto? ¿Tiene límite esto? Puede que sí, y puede que estemos a punto de alcanzarlo: el canal 4 de la televisión británica acaba de anunciar un nuevo reality donde los participantes consumirán diversas drogas duras, desde cocaína o éxtasis hasta LSD, y los telespectadores tendrán la oportunidad de ver los efectos que tales sustancias provocan. Porque emborrachar a un oso y plantarlo en la arena para entretenimiento circense es indigno e inmoral, pero meterse hasta las cejas de anfetaminas y emitir a millones de espectadores es solo un experimento sociológico, ¿verdad?

No sé yo, tal vez éramos más humanos cuando azotábamos a una foca por no sujetar con la nariz una pelota de playa. Al menos en aquel entonces un animal era un animal y una persona una persona, ahora parece que ya no tenemos tan clara la distinción.