martes, 31 de agosto de 2010

La vuelta al cole

¿Quién no recuerda aquellos tiempos? Tras tres meses de verano con la única reminiscencia de los estudios oculta entre dibujos de los cuadernos Santillana volvíamos a la realidad. Nos reencontrábamos con compañeros para descubrir cuánto habían cambiado algunos de ellos, especialmente las chicas que cada vez más acostumbraban a estrenar peinado con el nuevo curso. Retomábamos lecciones con profesores que ya hace tiempo que habíamos aborrecido. Rescatábamos las chaquetas y los pantalones largos que habíamos arrinconado en el fondo del armario. En resumen, veíamos cómo ese espejismo de paraíso, de buen clima constante, de tiempo para hacer todo, de nuevas y deliciosas aventuras a diario, esa sensación de que la vida es todo cuanto puede ser, se desvanecía ante nuestros ojos para volver a un aula gris atestada de niños de miradas grises que se esfuerzan por escuchar la gris letanía de un profesor que en vano trata de estimular, cómo no, la materia gris.

Y poco a poco aceptas que lo que viviste, esa maravilla hecha rutina, no es más que un recuerdo en tu memoria, una apagada melancolía, un fósil pétreo sugiriendo que una vida mejor es posible. Si eres hábil consigues convertir el recuerdo en motivación para tratar de alcanzar de nuevo esa suerte de nirvana estival. Pero mientras lo logras, revives los momentos evocándolos, narrándolos, compartiéndolos con los tuyos para volver, siquiera momentáneamente, a aquellos grandes momentos.

Habréis notado que he estado un par de semanas sin escribir y los avispados habréis deducido ya por la temática de esta entrada que se debe a que he estado de vacaciones. Unas grandes vacaciones que ocupan el segundo puesto en mi lista de vacaciones míticas, justo después de Japón. Cuatro países, seis playas, dos mares. Un sueño que ha terminado y que pronto será reemplazado por mi rutina londinense, un sueño del que solo me quedará evocar, narrar, compartir. Y lo haré aquí, en El Gato Gordo.

Stay tuned.


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