lunes, 26 de abril de 2010

Ese lugar llamado casa

La mayoría de las personas piensa en casa como en un lugar físico más o menos concreto: un piso, un chalet, una ciudad, un barrio... pero en cualquier caso un punto localizable en un mapa. Un lugar reinado por familiaridades, donde uno sabe lo que va a encontrar cuando gira la cabeza y sabe lo que va a ocurrir cuando activa determinadas clavijas. Lo que la mayoría de las personas no sabe es que, igual que en el mito de la caverna, están confundidos por haber visto solo sombras de la realidad.

Debido a varios eventos familiares viví en hasta seis direcciones diferentes desde que nací hasta que cumplí los 21 años. Tuve muchas casas, y en todas ellas disfruté muchas familiaridades. A los 21 me fui a estudiar un año a Toquio, y aprendí a conocer bien la ciudad. Aún hoy, 6 años después, me puedo mover con soltura en la mayoría de sus barrios y encontrar aquellos rincones de que tanto disfrutaba; aún hoy, si voy a Toquio, me siento como de vuelta en una de las muchas casas que tuve.

Pero lo curioso es que al final de aquel año de estudio quería volver a lo que me era más conocido, a mis amigos, mi familia, mi Valencia natal. Quería volver a casa, solo que al volver la descubrí un poco menos casa: amigos, familiares y ciudad habían cambiado, no eran lo que dejé atrás cuando marché.

Tiempo después, el destino me ofreció una estancia en Barcelona de cuatro meses que acabó por convertirse en más de dos años. Conocí gente nueva y acogí nuevas aficiones, desarrollando un estilo de vida que nunca habría podido tener en Valencia. Poco a poco noté que la sensación de vuelta a casa no me embargaba cuando bajaba a ver a la familia sino al volver de vuelta a la ciudad condal. Poco a poco, Barcelona se convirtió en casa.

Así hasta el último de mis cambios, Londres. Aquí sé adónde ir y a quién llamar, aquí vivo, conozco la ciudad. Pero en Valencia también sé adónde y con quién, también la conozco. Y al igual sucede en Barcelona y hasta, en menor medida, en Toquio. Todas ellas con elementos familiares, todos ellas en parte casa pero ninguna al 100%.

Y es aquí donde las sombras empiezan a disiparse. Aquí me doy cuenta de que hay otro lugar reinado por familiaridades, donde uno sabe lo que va a encontrar cuando gira la cabeza y sabe lo que va a ocurrir cuando activa determinadas clavijas: el tránsito. Como a Ryan Bingham, me sucede que encuentro la comodidad de lo familiar en aeropuertos, estaciones y caminos; que el movimiento y la novedad son lo que estoy acostumbrado a ver cuando giro la cabeza. Epifanía.

Casa no es un lugar, es un sentimiento. Es el vínculo entre nosotros y lo que nos rodea. Es la sensación de estar en un entorno que conocemos, que reacciona de la manera que esperamos. La mayoría de nosotros construímos casa a nuestro alrededor desde que nacemos y según pasamos por las diferentes fases de nuestra vida, pero al movernos físicamente poco pensamos que casa es el lugar donde desarrollamos nuestra actividad en lugar de la actividad en sí.

Casa puede ser un piso compartido donde no importa quien entre o salga, mientras se esté en el mismo sitio sigue siendo casa. O puede ser una pareja y no importa cuántas veces se mude uno, mientras se mantenga la compañía seguirá siendo casa. Casa puede ser el mar o la montaña según te llames Jacques Cousteau o Aron Ralston. En mi caso, casa es este eterno divagar sobre cuál será el siguiente paso, cuál el siguiente destino, compaginado con retornos atrás en el tiempo para rehabitar temporalmente casas pasadas, señas de vida latente que marcan lo que fue y lo que fui. Casa es cultivar espacios a los que siempre querré volver, lugares donde pedacitos de mí echan raíces. Casa no es lo familiar, es el proceso de familiarización.

Voy para decir que marcho, eso es casa.