miércoles, 28 de abril de 2010

De quién es qué?

Y una vez más, en nuestro rincón del lector... la señorita Ms. Miller!! Esta vez con un relato en el que entre ella y una amiga compusieron un escrito pero... ojo! haciendo un párrafo cada una! Curioso estilo y mucho más si no se le dice a nadie quien a escrito que... y tienes que adivinarlo.

La ventana por donde se escapaba el humo de su cigarrillo estaba abierta de par en par, y el sonido de la lluvia se colaba entre las cortinas.

El olor de café recién hecho la reconfortó, se lo tomaría tranquilamente y después decidiría qué hacer.
Aunque pretendía distraer su mente pensando qué haría, las imágenes de la noche anterior se proyectaban en su cerebro, mientras fijaba la mirada en la taza humeante que sostenía en la mano.
El pitido del móvil le hizo dar un respingo y sintió que se le aceleraba el pulso, si era quien ella pensaba tenía que tranquilizarse antes de contestar, no quería volver a equivocarse.
Se quedó mirando fijamente el teléfono, mientras éste se arrastraba lentamente vibrando sobre la mesa. Esperó a que parara, y fue entonces cuando se acercó para intentar confirmar sus sospechas.
Era un puñetero mensaje de Movistar, por supuesto. ¿Qué probabilidades había de que fuera él?
Agradeció que tal mensaje explotara su burbuja. Cogió la chaqueta y una bufanda que él mismo le regaló por Navidad, y se dispuso a salir… sólo salir, sin saber a dónde ir, lo decidiría sobre la marcha.
Se engañaba a sí misma, sabía perfectamente a donde la llevaría aquel supuesto paseo sin rumbo, pero no quería pensar, actuar por instinto; para bien o para mal siempre había sido su modus operandi.
Sus pies se movían por las calles, pero su cerebro no les dictaba el rumbo. Ellos ya sabían el camino.
De pronto, frenaron en seco y comprobó que se encontraba en su portal. Antes de que pudiera si quiera plantearse los pros y los contras de aquello, levantó la mano y llamó al timbre. Ya no había vuelta atrás.
Al otro lado del telefonillo, y dos pisos más arriba, alguien habló. Su mente se quedó en blanco, y se lo imaginó de pie al lado del aparato, sosteniéndolo con la mano izquierda y con ese pijama tan curioso que ella tantas veces le había criticado.
Se le había secado la boca y tenía la lengua atragantada, no sabía qué estaba haciendo allí pero no podía volver por donde había venido, era lo único que tenía claro.
La voz al otro lado insistía, y seguía preguntando quién llamaba. Mirando al auricular como si pudiera ver sus ojos, dijo sin producir sonido alguno: “Soy yo”.
Unos segundos más tarde oyó como le abría la puerta. Ni una palabra, era como si la estuviera esperando. Temblorosa, empujó la puerta y entró en el patio, estaba igual que hacía tres años.
Al subir aquellas familiares escaleras, un escalofrío le recorrió las espalda. Todos los recuerdos, buenos y malos, asaltaron su mente. Se detuvo en mitad del primer rellano.
Había llegado hasta allí, pero no sabía si estaba cometiendo un error o era lo correcto. Se acabó el pensar, era hora de sentir, su cuerpo le pedía subir… ¡arriba!
La puerta estaba medio abierta, y de la casa salía aquel olor peculiar a bacon frito con patatas. Se dibujó una débil sonrisa en sus labios, y le asaltó un sentimiento maternal de ternura ante aquella infantil costumbre de comer porquerías.
Empujó despacio la puerta y miró alrededor, recordaba aquella estancia pero él no estaba por ninguna parte. “¿Hola?” dijo entrando y cerrando la puerta detrás de ella.
Desde la cocina se le devolvió el saludo: “Entra, estoy aquí”. “Sí, sé que estás aquí… y eso es lo que más me duele” pensó ella.
La había dejado hacía tres años para irse a otro país y ahora había vuelto, pero no la había llamado. Si no se hubieran visto por casualidad la noche anterior ni si quiera se habría enterado de su vuelta.
Mientras se acercaba a la cocina donde él estaba, pasó frente al dormitorio; la puerta estaba abierta y la cama aún deshecha.
A lo mejor lo de anoche no había sido un error… probablemente soltarle a bocajarro todo aquello no había sido lo idóneo, le había dejado petrificado; pero ahora parecía estar muy relajado y… ¿qué era aquello? ¿le estaba sonriendo? ¡Sí, le estaba sonriendo!. Aliviada, le devolvió la sonrisa.
Esperaba que aquel mágico momento se le derrumbara con una simple palabra, pero parecía que para él, lo que pasó la noche anterior no tenía la misma importancia que para ella.
Además, él ya sabía cómo era y conocía sus “brotes psicóticos”, echaba de menos aquella confianza: “Siento el numerito de anoche” dijo avergonzada. “¿Por qué? Fue espectacular.
Echaba de menos tu espontaneidad” contestó él “¿Te quedas a cenar?”
No estaba segura de deducir sarcasmo de esas palabras. “Sí, claro… me quedo. Tenemos muchas cosas que contarnos ¿no?. Después de tres años…”
“Me gustas más rubia, nunca lo habría imaginado” dijo él haciendo caso omiso a su comentario. Probablemente no sería capaza de responder a sus preguntas hasta después de cenar de modo que sonrió y le agradeció el cumplido.
Odiaba el modo en que él esquivaba las conversaciones inminentes y que, de algún modo le comprometían. Odiaba que él siempre se limitara a mirar a otro lado cuando ella tenía algo que decirle.
Pero después de habérsela liado la noche anterior, decidió tener paciencia; había esperado tres años, podía esperar un ratito más. “Sí. He vuelto para quedarme” soltó él, leyéndole la mente.
“Para quedarte aquí… pero no conmigo” dijo ella.
Instintivamente se mordió la lengua arrepentida, una vez más había sido demasiado impulsiva.
“¿Cómo? ¿No te ha cazado nadie en todo este tiempo?” dijo él “No esperaba que estuvieras libre, la verdad, y menos aún que quisieras volver conmigo después de lo que hice”. De pronto, aquellas sencillas palabras le hicieron verlo todo claro.
Al menos había sido consciente durante todo este tiempo de que sí le había hecho daño.
“tienes toda la razón” dijo ella con un suspiro “sería una estúpida si volviera a darte la oportunidad. Creo que sólo voy a ofrecerte mi amistad… ¿cenamos?. “Y… ¿sexo podría ser?” bromeó él. Ella sintió que tenía el poder y le sonrió enigmáticamente. Ya se vería…