sábado, 12 de diciembre de 2009

76 peniques navideños

Algo realmente particular de la City londinense son las fiestas de Navidad. Estas fiestas forman parte del "ritual social" británico y son unos de esos must-do exigidos por lo políticamente correcto; no importa si te gustan o no, tienes que hacerlo.

Todo el mundo organiza fiestas de Navidad. No tienen por qué ser diferentes de cualquier otra fiesta que organices, el único requisito es que lo celebres en diciembre. Aquí la cosa empieza a tornarse un tanto bizarra: como las fiestas de Navidad salen por doquier cual caracoles tras un día de lluvia (la de la oficina, la de tus amigos, la de tu vecino, las de las oficinas de tus amigos...) las agendas empiezan a apretarse y los planes a extenderse, acabando con fiestas de Navidad programadas para el 3 de diciembre.

Mi empresa es demasiado grande para hacer una fiesta de Navidad a nivel corporativo (no creo que haya local en Londres que pueda acogernos a todos), así que cada departamento organiza la suya propia como mejor cree; el pasado jueves tuvimos la nuestra. Al llegar al local descubrí que otro departamento había escogido este mismo sitio para celebrar su fiesta, por lo que el local estaba virtualmente tomado por mi empresa.

El primer vistazo fue desolador. Celebrar una fiesta un jueves a las 18:00 implica que la gente asiste directamente desde el trabajo; por otro lado, la banca de inversión no es un sector especialmente poblado de mujeres, y los ordenadores provocan en las féminas aproximadamente el mismo efecto repelente... así que una fiesta de un departamento tecnológico de banca de inversión llena de trajes de oficina no es precisamente como el cumpleaños de Hugh Hefner. Quise tomarme una copa para convocar a los espíritus pero llevaba 76 peniques en el bolsillo, entonces me dijeron que la empresa había contratado barra libre; esto promete.

Después de la tercera San Miguel la fiesta empezaba a parecerme hasta divertida. En ese momento aparecieron mis compañeros de batalla: el australiano loco y AD, el incombustible director ejecutivo (bueno, el nuestro, porque hay varios). Las cervezas empezaron a caer como aceitunas en vareo, el optimismo nos invadió y acabamos por concluir que una expedición a la pista de baile del piso inferior sería la solución a esta crisis de género; cuando nos encontramos a un montón de borrachos con traje tratando de demostrar (con poco éxito) que aún a pesar de pasarse 10 horas al día sentados ante seis monitores observando diferenciales de precios, analizando índices de volatilidad y leyendo el Financial Times podían ser unos excelentes bailarines, cambiamos rápidamente de opinión. Además, la proporción de mujeres/hombres en la pista era similar a la del Consejo de Gobierno de Omán, por lo que pocos alicientes nos quedaban.

Yo no quería que se estropearan los ánimos ahora que empezábamos a remontar, así que me fui a la barra a pedir 6 Jägerbombs (un Jägerbomb es un chupito de Jägermeister dentro de un vaso de Red Bull). Cuando el camarero ya me los había servido me dijo que esto no estaba incluido en la barra libre (el muy bandido) y me acordé de mis 76 peniques y de su puta estampa; resignado saqué la VISA y añadí el siguiente apunte en mis balances fiscales: "inversión en relaciones interpersonales corporativas, 42 libras".

El hermanamiento del licor de hierbas me motivó a entablar un debate con nuestro director ejecutivo en el que mi argumento principal era que la política de reclutamiento de la empresa era incorrecta. "AD, lo que tiene que hacer Recursos Humanos es dejar de mirar el expediente académico y empezar a calibrar cuán buenas están las tías, ¿has visto esta fiesta? Ningún trader puede motivarse sabiendo que al final del año tendrá que asistir a este bodrio. Mens sana in corpore sano, ya tenemos a los mens (y nunca mejor dicho), ahora démosle caña a las corpore". Asentía con la cabeza mientras escuchaba, aunque hoy por hoy no sé si lo hacía porque estaba de acuerdo o porque con mi diatriba le había ayudado a discernir a quién tenía que ascender y a quién no.

Otra ronda de Jägerbombs y varias cervezas después empezamos a sentir hambre, mucha hambre. A la 1 de la madrugada ya habían cerrado todos los restaurantes con una estrella Michelin, así que recaímos en la siguiente mejor opción: Burger King. Al llegar sorprendí al dependiente con una petición que posiblemente nunca había escuchado:

- Quiero una hamburguesa más grande que mi cabeza.
- Errr... No tenemos nada así.
- Mierda, ¿qué es lo más grande que tienes?
- Una Cheese Bacon Double Whopper.
- Quiero eso.

Dado que seguía teniendo tan solo 76 peniques en el bolsillo me dispuse a pagar con mi humeante VISA.

- Lo siento, no aceptamos tarjeta para pagos menores de 5 libras.
- Joder, añade patatas al pedido.
- Puedo hacer algo mejor, puedo añadir carne extra en tu hamburguesa.
- (con brillo en los ojos y saliva asomando por mis comisuras) Hazlo.

Cuando aquel paqui me entregó mi Cheese Bacon Quad Whopper sentí que había alcanzado un nuevo estadio de felicidad. Si pensáis que una Cheese Bacon Quad Whopper son 4 piezas de carne con bacon, queso, algo verde que recuerda a la lechuga y pan... estáis en lo cierto. Dios, fue como si me hubiera acercado al mostrador, hubiera pedido una vaca deshuesada entre pan y pan, ¡y me la hubieran dado! No añadí ketchup ni mostaza, ignoré las patatas, desoí las ofertas de bebida, para mí en el mundo solo existíamos esa cantidad ridículamente masiva de carne y yo. Creo que Pastora (al ver tanta carne junta sentí la necesidad de bautizar a mi nueva mascota) causó una chispa de inspiración en mí, y una voz rumiante me recordó que en apenas 5 horas entraba de nuevo en la oficina.

Llegué a casa dudando sobre si sería capaz de seguir una línea recta, principalmente porque no tenía claro lo que tal cosa llamada "línea recta" era. Vacié mis bolsillos sobre la cómoda y contemplé durante medio minuto mis 76 peniques, y una sonrisa me acompañó hasta la cama mientras pensaba "esto sí que es una noche, me voy de fiesta y vuelvo a casa con el mismo dinero con el que salí".

¡Qué iluso!