miércoles, 4 de noviembre de 2009

Encerrada en el ascensor. Toma 1.

Para valientes, para miedicas. Para bravos, para tímidos. Para atletas, para holgazanes. Para los que alguna vez se han sentido atrapados, tanto en sentido metafórico como literal, María nos deja una historia de trampas, miedos y, por suerte, finales felices. Ahí va:

Desde muy pequeñita he tenido un gran pánico a los ascensores, y un día con 14 años me dio por preguntarle a mis padres si ellos sabían de donde venia este miedo tan claustrofóbico.
Mi madre me contó que yo nunca había ido a la guardería ya que ellos contrataron una señora de confianza que me cuidaba cuando se iban a trabajar. Un día esta señora y yo nos metimos al ascensor de mi finca y se quedó totalmente parado entre piso y piso. Mi cuidadora en vez de tranquilizarme (ya que yo era pequeña y supongo que lo más lógico sería haberme respaldado un poco ante el miedo de no poder salir) comenzó a gritar como una loca y a estirarse del pelo. Supongo que luego nos sacarían pero ya no sé cómo quedó la mujer... Lo que sí me contó mi madre es que el miedo que tenía la loca que me cuidaba y que mis padres llamaban "Chica de confianza", me lo pasó a mi.
Cuando iba a casa de mis tíos subía por las escaleras en vez de por el ascensor... Y no sabéis lo que es subir 6 pisos día si y día no (cuantísimas tardes habré pasado en casa de mi tía jugando con mis primos ), ahora que ya entiendo yo las piernas de atleta que tenía! ¡Me cachis en la mar! Como dice mi abuela.
Pasados unos años, superé mi temor a los ascensores, aunque yo creo que fue por pura perrería de no subir más escaleras en mi vida...

Y ahora os preguntaréis,
-¿María, por qué me sueltas todo este rollazo sobre tu miedo a los ascensores?
-¡Ya vaaa! pequeños grumetes impacientes...

El otro dia salí a tomarme un cafecito con las amigas y cuando se me hizo la hora me dispuse a ir haciendo camino hacia mi casa. Como siempre abrí el patio de mi finca y me metí en el ascensor. Pulsé el boton número 2, y noté como la dichosa cabina de mierda (porque menudo ascensor de mierda se gasta mi finca) se quedaba entre el primer piso y el segundo.


Estuve unos dos minutos apretando sin parar el boton sin respuesta alguna. Comencé a imaginarme que derrepente el ascesor se caía hacia el vacío, las luces se apagaban y nunca podrían sacarme de allí. (Ya sabéis, sueños estúpidos de gente claustrofóbica). Al rato cuando ya me puse nerviosa, comencé a aporrear con mis pies la puerta, hasta que unos vecinos me escucharon. El hijo de ellos que es un cabroncete me decía:

- ¡Tranquila María que ya hemos llamado a los Geos!
- ¡Que fill de puta, la mare que va! (Lo siento por las palabras malsonantes, pero intento contar la historia tal como pasó)


Al cabo de un buen ratito, lograron abrirlo con la llave mágica y tuve que salir por el hueco que había entre el suelo del ascensor y el suelo de mi piso. Cuando logré salir todos los vecinos me miraban, y es que estaba totalmente blanca, sudando como una cerda y nerviosa perdida.

Conclusión: Que maravillosas piernas de atleta tenía de peque... Creo que no voy a apuntarme a ningún gimnasio, ni voy a ir a correr al rio, ni cogeré la bicicleta.
Ahora he vuelto a mi antiguo y abandonado hábito. Ahora vuelvo a subir por las escaleras.

PD: Aunque si tengo que volver a casa de mi tía, quizás me tome un descanso entre piso y piso.

Que paséis un buen dia.