jueves, 8 de octubre de 2009

Suelo soñar

Suelo soñar que un día me encaro a mi jefe, le digo lo que puede hacer con su formidable Profit&Loss, y lo dejo todo: la banca de inversión, los trajes, las fiestas en barco navegando por el Támesis, los palcos privados en estadios y auditorios, los zapatos italianos... todo. Sueño que dejo incluso la ciudad, que vuelvo a Barcelona o incluso a mi Valencia natal, y me las apaño para dedicarme enteramente a la salsa.

Suelo soñar que me convierto en asiduo de salsotecas y congresos, que me conozco al dedillo la escena salsera y los principales movimientos de Madrid, Barcelona y Valencia. Que me codeo con bailarines de renombre que hasta me piden que colabore con ellos en algunas de sus funciones. Sueño que me hago bueno, muy bueno, tan bueno que puedo vivir enteramente por y para la salsa, sin necesidad de ningún otro trabajo.

Suelo soñar que cuando mis años mozos han pasado y mi agilidad empieza a menguar hago acopio de experiencia y contactos y fundo una escuela de baile, tal vez hasta mi propia salsoteca. Sueño que he encontrado a mi media naranja, y que ella también es una experta bailarina y da clases conmigo en nuestra escuela. Sueño que cada fin de semana acudimos a nuestra salsoteca para asegurarnos de que la gente se lo pasa bien y para animar un poco el ambiente con nuestra complicidad en la pista.

Mi sueño es un sueño tardío, un sueño que anidó en mí hace apenas 3 años. Para entonces yo ya casi había terminado mis estudios, me había emancipado en Barcelona y tenía la vida bastante encarrilada; si este sueño me hubiera llegado con 18 muy probablemente habría estudiado danza y no una ingeniería. Pero no tengo 18, tengo 27, y lo cierto es que no tengo el tiempo, el físico ni el talento para iniciar una carrera artística. Ahora no.

Así que aterrizo, vuelvo al salón en el que estaba y aún medio distraído dirijo la vista hacia la ventana, donde mi mirada se encuentra con la de una ardilla insolente que a hurtadillas se ha colado en mi jardín. Podría levantarme e ir hacia ella, bien para ahuyentarla o bien para alimentarla, pero sé que tan pronto me levantara echaría a correr en menos de decir Chip. En lugar de eso la observo quieto y callado, y llego a la conclusión de que si la veo es porque vivo en una casa con jardín, junto al Támesis y a pocos minutos del Puente de la Torre. Me convenzo de que en el fondo soy afortunado por tener un trabajo fijo bien remunerado y con perspectivas de futuro. Al fin y al cabo, no tendré mi propia escuela de baile, pero sí una buena pensión.

Pero entonces una vocecilla burlona, estridente e irritante, como de duende, me recuerda que el dinero no compra la felicidad. Malditos sean los duendes, las hadas y el dedal de Peter Pan. No, el dinero no compra la felicidad ni tampoco los sueños, pero mi sueño ya está roto y no hay quien me lo arregle, así que tendré que hacer de mi capa un sayo y tirar con lo que tengo.

Como decia Montes, la vida puede ser maravillosa, pero es una puta mierda.