viernes, 30 de octubre de 2009

Mis 7 pecados

Wessex House. Hoy es la fiesta de cumpleaños de Cliff, Silvia y Miho, mis antiguos profesores de Salsateca. No he bailado mucho últimamente, pero según subo las escaleras y me dirijo a la pista inicio un proceso que conozco muy bien.

Acabo de llegar y aún no he visto caras conocidas, y algo indeciso saco a mi primera chica a bailar. Los primeros pasos son un tanto precarios, el ritmo necesita algo de rodaje y nuestras manos no se comunican del todo bien. Sin embargo, los bailes de calentamiento acaban haciendo su efecto y llega un momento en el que de verdad haces clic con alguien, los dos cuerpos se mueven como comandados por una sola mente, las figuras son variadas y ricas en matices y el equilibrio empieza a expandirse por las extremidades. El triunfo de ese primer baile exitoso, casi de exhibición, me crea una gula insaciable que me impide desprenderme de mi pareja, y bailo con ella dos, tres y hasta cuatro canciones del tirón.

La siguiente chica no suele funcionar tan bien, pero poco a poco mis movimientos van subiendo de nivel y voy recuperando mi confianza. El DJ, viendo lo caldeado del ambiente, decide poner uno de esos "cañonazos bailables" que incluyen una parte instrumental ideada para los pasos libres; aquí es cuando me separo metro y medio de mi pareja y, mirándola fijamente, empiezo a sacar mi repertorio de alardes exudando soberbia por cada poro. Aquí el objetivo no es hacer que la chica se lo pase bien, sino que te admire.

Tras los primeros elogios por parte del sector femenino soy como en un sabueso que prueba por primera vez la sangre. La pista parece ser el único lugar en el mundo, las chicas lo único que importa. Las miro con avaricia y siento el deseo de bailar con todas ellas, de dedicarle un baile, una mirada y una sonrisa a cada par de suelas de ante. Creo que nunca he llegado a bailar con absolutamente todas las chicas del local, pero sí que he estado muy cerca.

Suele ser en este momento, en pleno apogeo de mi éxtasis salsero, que aparece el tipo de chica que provoca accidentes en la M-50. Por alguna razón siempre tiene el pelo negro y ondulado y lleva grandes pendientes de aro, y pasea una figura que, si estuviera cubierta por una túnica blanca en lugar de unos tejanos, bien podría haber sido la musa que inspirara La Ilíada. Su baile es como un tango, cándido y apasionado a la vez. Puedes ver su sensualidad asomándose en cada gesto, la esencia de la feminidad dando vueltas sobre tacones de 7cm. Cuando bailas con una chica así todo es mucho más que un baile. Cada proximidad va acompañada de una mirada pícara, lujuriosa. Las figuras están destinadas a establecer un vínculo, una conexión, algo que refuerce el "tú" y el "yo" minimizando el significado de "ellos" y "ellas".

Aunque algunos opinen lo contrario, una hora bailando es mucho tiempo, y por muy placentero que resulte uno necesita un descanso. Mientras me relajo y recupero líquidos observo perezosamente al resto de bailarines. Están todos ahí: el temeroso, el aventurero, el arrítmico... y cómo no, las súper estrellas. No importa cuántas veces los mire, siempre sentiré envidia de su técnica, su estilo y su creatividad. Para ellos es como si el repertorio de figuras fuera infinito, como si no fuera necesario repetir ni un solo gesto porque conocen gestos más que suficientes para ello. Al verlos me pregunto cuánto tiempo necesitaría para llegar a ser tan bueno como ellos, y tras tumbarme a mí mismo varios argumentos acabo por acusarme airado cobarde, cobarde por haber escogido la estabilidad de la vida corporativa en lugar del futuro incierto del cazador de sueños.

Hay quien dice que cuando algo es demasiado bueno para ser verdad es porque algo malo intrínseco debe haber en ello. Tal vez sea cierto, pero es que aún si por cada baile se me exigieran cinco años para licenciarme en el purgatorio, seguiría valiendo la pena.