lunes, 17 de agosto de 2009

Las tropelías de la SGAE

Al principio todo empieza con una buena intención. En un mundo desregulado nadie protege tu autoría. Creas una canción, la tocas con unos amigos, alguien la escucha, le gusta... y se la lleva a otra banda en otro pueblo que empieza a tocarla como propia. Tú te enteras meses después, cuando el conjunto replicante ya es, ante la opinión pública, el indiscutible propietario de la canción, y tú un simple aprovechado que quiere sacar tajada del triunfo de otros. ¿Cómo demostrar que esa canción era tuya? Qué gran dilema...

Y surge una idea, un repositorio central, un lugar donde ubicar tus obras tan pronto las concibes, aunque no las lleves al mercado todavía. De esa manera, ante un conflicto como el anterior, hay una forma clara, sencilla y de validez legal de comprobar quién es el verdadero autor de la canción. Y nace la SGAE, con la clara intención de proteger a autores y artistas, aunque no por ello a la música ni a la cultura.

Regida por la Ley de Propiedad Intelectual de 1987, la SGAE pasó más bien desapercibida durante sus primeros años de existencia. Registraba canciones, promocionaba artistas, cobraba a bares y discotecas, pero lo hacía casi desde el anonimato, sin hacer ruido ni levantar polvo. Su posición era cómoda dado que los medios existentes no hacían peligrar los ingresos del colectivo al que representaban.

En 1980 nace el CD, hito muy celebrado por las discográficas quienes volvían a vender las mismas obras de antes en nuevo formato prometiendo mayor calidad musical. Lo que no vieron venir es que el advenimiento del CD proporcionaba al comprador una copia máster del producto vendido, un calco exacto de lo que se tenía en estudio y que, con la tecnología que estaba por venir, sería fácilmente replicable.

La LPI de 1987 ya contemplaba el derecho a copia privada, y la SGAE ya cobraba por ello un canon respectivo en cada cinta, videocasete y fotocopia. Poca gente sabía esto entonces y menos aún se quejaban, pero esto era antes del boom digital. En 2003 y tras muchas presiones, la SGAE sale del anonimato social al conseguir que el canon por copia privada se empiece aplicar también a los CDs y DVDs. Esto representaba un gran logro de cara a los ingresos de la sociedad gestora ya que, si bien es cierto que practicamente todas las cintas que se compraban antaño se utilizaban para grabar música, lo mismo no puede decirse de los CDs, pero igualmente se trataron como tal. El canon digital se fue ampliando poco a poco desde discos compactos hasta discos duros, teléfonos móviles, reproductores mp3, etc., proporcionado a la SGAE unos 300 millones de euros solo entre 2003 y 2005. Se intentó incluso gravar un canon a las conexiones de Internet, aunque finalmente no se llevó a cabo.

La SGAE, ante tanta denuncia social, esgrimía a sus abogados para recordar al populacho que las cantidades cobradas estaban perfectamente enmarcadas en el contexto legal español, tratando de obtener por el juzgado lo que no obtenía por carisma. Sin embargo, esta estrategia tampoco le sirvió de mucho, pues hasta los juzgados empezaron a ponérsele en contra cuando en 2008 se destapó un posible fraude en los cobros de dichos cánones.

Pero la SGAE ha hecho mucho más que un canon para granjearse las enemistades del ciudadano medio y, sobre todo, para autodefinirse como protector de artistas y maltratador del arte. Viajemos atrás en el tiempo hasta el siglo XIX, época en la que se crea la primera banda musical civil de España: la Banda Primitiva de Llíria (Valencia). Esta banda, con 190 años de historia, da el pistoletazo de salida al nacimiento de otras muchas bandas, hecho que culmina con la creación del Certamen Internacional de Bandas de Música de Valencia, la competición de este tipo más antigua de Europa. Estos primeros pasos suponen el germen de lo que pasaría a convertirse en una arraigada tradición valenciana, tradición a la que el Valencia CF decide rendir homenaje en los años 90: una banda invitada amenizará los prolegómenos de cada partido jugado en Mestalla. La entidad deportiva no pagaba absolutamente nada a las bandas, simplemente se hacía cargo de los gastos de transporte (generalmente un microbús alquilado) y posteriormente dejaba a los músicos quedarse en el estadio para presenciar el partido; nada podía ganar el Valencia CF y sí le suponía cierto desembolso, por lo que el ánimo de lucro estaba totalmente descartado.

En 2004, cuando el parcheado césped de Mestalla ya había sido pisado por un gran número de trompetistas y tamborileros, la SGAE decide intervenir y exige el pago de 1600€ anuales al Valencia CF en concepto de derechos de autor. Como ya se encargó de puntualizar la propia SGAE (no sin cierta sorna), este pago es muy inferior a los costes que las bandas musicales suponen para el Valencia CF, pero este decide que una cosa es apoyar una tradición y otra muy diferente dar de beber a sanguinarios chupópteros, dando por finalizadas las bandas musicales en Mestalla.

La SGAE pareció no quedarse contenta y decidió que aún podía estrujar un poco más las arcas valencianas. A finales de 2008 inició una agria batalla contra el Ayuntamiento de Valencia y la Junta Central Fallera para incrementar los ingresos provenientes de las Fallas. Los directivos de la sociedad gestora, que ya habían decidido que una buena imagen pública no da realmente dinero, llegaron a sugerir a las comisiones fiesteras que tocaran obras de Mozart para evitar tener que pagar el correspondiente canon (las obras de artistas muertos hace más de 100 años pertenecen a la humanidad y, por tanto, son de libre reproducción y comercialización). El conflicto se saldó en positivo para la entidad de Teddy Bautista, por lo que meses después, en marzo de 2009, decidió ampliar el ataque a otras fiestas regionales: Feria de Abril, San Fermín, Hogueras de San Juan... Su sed era insaciable.

La veda se había abierto, ya todo era atacable, y si ayuntamientos y comisiones fiesteras podía caer, también podían hacerlo los partidos políticos. En mayo de 2009, poco después del desafortunado affair con el espíritu fiestero de cada pueblo español, un socio de la SGAE reclama a Izquierda Unida el pago de 15 000€ por utilizar la expresión "A por ellos IU" en un vídeo electoral. La base de dicha denuncia es que esta expresión fue popularizada por una canción de Alfonso Aguado, antiguo líder de Los Inhumanos y actual miembro de La Banda del Capitán Canalla, quien creó una canción que utilizaba ese mismo "A por ellos oé" para apoyar a la selección española de fútbol en el mundial de 2006. Lo que parecieron olvidar tanto el abogado de Alfonso Aguado como la SGAE en general es que el famoso "A por ellos oé" no nació de la pluma de tan gamberro cantante, sino de las gargantas del afición del Alavés CF que ya arengaba a su equipo con este grito allá en la década de los 90 y que internacionalizaron el cántico en la épica final de la UEFA de 2001. Nuevo patinazo, ¿pero qué más da?

La SGAE ya había decidido ser asocial al querellarse con fiestas regionales y apolítica al hacerlo con IU, solo le faltaba convertirse en aemocional. Ese mismo mes de mayo la SGAE decide que los artistas podían actuar gratis en un concierto benéfico, pero que no por ello la sociedad gestora debía dejar de cobrar su parte. Así les exigió a los padres de un niño afectado por la enfermedad de Alexander el pago de 5000€ previos a la ejecución de un concierto destinado a recaudar fondos para investigar su enfermedad. La sociedad en su conjunto montó en cólera ante semejante desvarío, y tal debió ser la impresión en la entidad gestora que, por una vez, decidió devolver el importe cobrado.

Pero aún se podía dar una vuelta de tuerca más, aún no habíamos llegado al esperpento. La SGAE, fundada teóricamente para legitimar el patrimonio artístico (que no para proteger el arte), emprende este mismo verano una serie de medidas para cobrar a pequeños pueblos la narración de sus respectivas Historias: a Fuente Obejuna le reclaman derechos de autor por interpretar Fuenteovejuna, de Lope de Vega, mientras que a Zalamea de la Serena le quiere cobrar la interpretación de El alcalde de Zalamea. Vayan con cuidado señores, porque si alguno de ustedes tiene el nombre de un artista es posible que en el futuro quieran cobrarle por escribirlo.

Es larga la lista, y más larga que se hará. Duelen estas cosas, pero sobre todo duelen cuando te pican en tu propia carne. Hay casos que no salen en los periódicos pero que son igual de insultantes y estúpidos, como el que padeció el propio Muisheto Feroz en el día de su boda: todos sabemos, porque lo hemos visto, que Muisheto además de escritor es cantautor, y como todo cantautor registra sus creaciones en la SGAE para evitar males mayores (me consta que muy a su pesar). Ahora bien, la SGAE parece protegerte hasta de ti mismo, ya que a mi querido amigo Muisheto le exigía un pago en concepto de derechos de autor por tocar sus propias canciones en su propia boda. Así de estúpido, así de estrafalario, así de incongruente.

¿Y tú? ¿Qué historias conoces?