martes, 14 de julio de 2009

El trabajo dignifica

Qué vacaciones en Valencia, qué maravilla, qué descanso... después de esos días comiendo en casa de la abuela, yendo a la playa y disfrutando de cervecitas al sol con los amigos tocaba volver a Londres, a la oficina y a la realidad. De camino al trabajo notaba un principio de eso que recientemente se ha venido llamando estrés postvacacional, aunque de toda la vida lo hayamos conocido como el bajón de la vuelta al cole.

Llego a la oficina y allí me esperaba mi jefe con los brazos abiertos y el rabo desenfundado, listo para darme por donde amargan los pepinos a la menor ocasión. Amablemente me pregunta por mis vacaciones, pero antes de que pueda terminar la primera frase ya me corta y me dice "tengo un huevo de trabajo para ti, siéntate y vete mentalizando". Tras un par de intentos recuerdo mi contraseña y puedo abrir el Outlook, la hostia lo que me esperaba...


con lo limpita que me había dejado la bandeja de entrada antes de marchar; luego resultó que más de 400 de esos correos eran pura mierda. Eso sí, el informe que había pedido a la oficina de Bangalore hace un mes aún no ha llegado, así que me toca volver a ir detrás de ellos cual madre hacendosa detrás de su hijo con la papilla de las 5, como si no tuviera nada mejor que hacer.

Un compañero me dice que ha tenido que hacer "algunos cambios" en mi programa, pero que me ha dejado a mí la tarea de pulirlo; cuando lo miro resulta que me lo ha dejado todo patas arriba y, por supuesto, lo quiere arreglado para ayer (no haberte ido). No sé ni por dónde empezar, así que me dispongo a organizarme cuando me reclaman para una reunión con otro tema "urgente" (llevamos más dos meses coleando con esto, pero por supuesto es urgente).

Por la tarde, cuando por fin voy a sentarme a arreglar mi programa, se me presenta un tío que no conozco de nada y me pide que vaya con él a una de las salas de juntas. El hombre se pone a hablar rápido rápido y a pedirme cosas de las que nada sé. Cuando por fin se cansa de pedir y me deja marchar (así, sin invitarme a una copa, sin darme un besito de despedida, nada) termina con la coletilla tú pareces un chico listo, así que seguro que puedes hacer esto en 5 minutos. Mi vena de la saturación, esa que se nos hincha cuando nos tocan los frutos del nogal, experimenta una crecida propia de épocas de gota fría; tras decidir que quitarme los zapatos y tirárselos a la cara cual presidente yanki no sería una buena forma de entablar una relación de futuro con este hombre prometo hacer "lo que pueda" y me marcho.

A los 15 minutos, preocupado como estaba por mi trabajo y sin saber aún quién zarajos era ese calvo para asignarme tareas, a puntito de concluir que eso no era cosa mía y que se lo endosaran a otro, aparece mi jefe recalcando lo importante que es. Todavía me estoy preguntado cómo se ha enterado él cuando, despistado como estaba, se pone la montera, empuña el estoque y me descabella: esto tiene que estar no solo hoy, sino ahora. A mí mente acude una imagen que vi ayer en el Telegraph, una foto de una burbuja capturada justo en el momento en que estalla...


y me apunto como nota mental contactar con Richard Heeks, el fotógrafo: tal vez quiera retratar el mismo efecto sobre una cabeza humana.

Finalmente consigo escaparme. Es descorazonador ver tan solo 6 personas en una estancia donde normalmente hay en torno a 300. Hace frío y yo voy en mangas de camisa. Andando a casa me pongo a recordar aquellos tiempos en los que estaba en el paro y, si bien con un presupuesto mucho más reducido que ahora, tenía tiempo de cocinar dos veces al día, correr cinco veces a la semana y salir a bailar más de veinte noches al mes. Anhelando la tranquilidad de mi pisito en Cerdanyola del Vallès noto gotas cayendo sobre mí, está empezando a llover. Mientras abro la puerta húmedo, cansado, hambriendo y algo desorientado oigo que el teléfono reclama mi atención con su zumbido perezoso, mi padre tiene ganas de hablar conmigo. Hijo mío, ¿qué tal? ¿como te sientes?

Muy digno.