sábado, 18 de julio de 2009

El brillo de una estrella fugaz

Guanabara, un club normalmente de corte brasileño aunque anoche alojara un concierto de música más bien funky seguido por música latina genérica. Estoy con unos amigos disfrutando de la noche del viernes, mojitos, risas, bailes... entonces la veo: guapa, sencilla pero elegante, aderezada con una sonrisa que a bien seguro sería capaz de iluminar mis días más sombríos. Sus amigas están en la barra, quietas, mientras ella les devuelve la mirada con sus ojos de azabache desde el centro de la pista. Es tarde y queda poca gente, y los que quedan no parecen querer rivalizar con la sinuosidad de su cuerpo; su baile es como el de la llama de una antorcha: cálido, hipnótico, impredecible. Quedé inmediatamente prendado de su flamígera danza.

Me dije que tenía que conocer a esa mujer, no importaba cómo. Imaginé que alguien así estaría acostumbrada a despachar tantos y tantos chicos que como polillas acuden a su luz, así que antes debía demostrar que no era simplemente uno más. Manteniéndome con mis amigos, pero alejándome lo suficiente para ser notado, empiezo a sacar el animalario de mi chistera al compás de ritmos caribeños. Tras unas cuantas canciones, cuando ella ya había decidido dar un respiro a los extasiados observadores y volver con sus amigas, me decido a acercarme.

Bailamos, y fue una explosión de energía y sensualidad. Muchos saborean ese dulce calor que emana del interior cuando encuentran a alguien con quien poder comunicarse sin palabras, solo con la mirada, pero esos muchos están lejos de saber lo que es comunicarse no solo con los ojos, sino con cada centímetro de tu cuerpo. Sus manos, su boca, su cintura... todo me hablaba, todo me transmitía un mensaje al que correspondía siempre en el mismo lenguaje. Hasta que en cierto punto se para y, con un pesar en su rostro que no había visto hasta ahora, me dice que se tiene que marchar. Ahora mismo. No iba a permitir que la magia se agotara de esta manera, así que si su marcha era inevitable, lo mínimo que podía hacer es asegurarme de que volvería.

- No puedo. Si vuelvo a bailar contigo acabaré enamorándome de ti.
- ¿Y acaso sería eso tan malo?
- Estoy casada.

Ouch. Los matrimonios nunca deberían romperse, y si lo hacen debería ser por decisiones de pareja y no por injerencias externas, así que me resigno a aceptar que, tan pronto como entró en mi vida, iba a salir de ella. Y me quedé ahí, plantado, viendo como con ella se alejaba uno de los momentos más intensos de mi vida.

Ni siquiera supe su nombre.