martes, 7 de julio de 2009

Cosas que aún nos quedan

En este periodo semisabático que he pasado de vuelta en Valencia, estas dos semanas de mitad estudio y mitad retiro espiritual, he tenido tiempo de reencontrarme con mi ciudad y zambullirme en su cara más oculta e indiscutiblemente bella.

Valencia está de moda, y esto no es del todo una suerte. Los emprendedores, sabedores de la condición temporal de este culto a la imagen, se apresuran a sacar tajada antes de que la fiebre pase. La sala Aquarela Auditórium, una de las mejores de la ciudad y donde hace no demasiados años se podía escuchar Highway to Hell e incluso bailar salsa en un espacio dedicado, se convirtió en Pachá Valencia, su población habitual substituida por una horda de petimetres de gimnasio y golfillas al bisturí que nada hacen: no bailan, no ríen, no hablan... solo figuran. La sala Roxy, famosa por sus ciclos de conciertos, pasó una infructuosa fase como Cormorán para acabar siendo Mirror, un individuo más en esta nueva civilización de house monótono y ambientes homogéneos.

Y es que esta parece ser la Valencia de hoy: sobrecostosas obras faraónicas cuyo rendimiento está por ver, trileros de mar, amistades peligrosas, cabezas vituperables... Pero aún queda otra Valencia, una desconocida por muchos, más antigua y más fuerte que todos esos ídolos de oro que corretean por nuestras calles. Una Valencia construida gota a gota desde hace más de 1000 años en base al ingenio árabe y la justicia entre iguales. Hablo de la Valencia pionera en medidas verdes como el Tancat de la Pipa (artículo), la del arrozal regado con acequia mora...


o la de los puertos de agua dulce...


Esta es, en definitiva, la cara de Valencia que no se ha adaptado a los nuevos tiempos porque no le ha hecho falta, porque era buena hace siglos y sigue siendo buena hoy. La de moronía, all i pebre, barracas y samarugos, o en resumen, la de Al-Buhayra.