viernes, 15 de mayo de 2009

El bono mágico

Las reformas en pro de la liberalización financiera y la motivación de los emprendedores iniciadas por Margaret Thatcher y Ronald Reagan a ambos lados del Atlántico hace ya 20 años tuvieron sus consecuencias. Una fue el rápido crecimiento (recuperación para el Reino Unido) económico hasta situarse en potencias mundiales, la otra la creación de toda una escuela de pensadores y gurús económicos y financieros.

Tal vez por eso sea en lugares como EE UU donde aparecen soluciones que parecen cumplir con todos los requisitos y contentar a todos, y no hablo de los TARP o los TALF (mis conocimientos de economía no son tan avanzados), sino de los BAB: Build America Bonds.

La cosa es simple, ¿cuál es el problema de la economía actual? Y no me refiero a la causa, no quiero hablar ahora de las hipotecas subprime, los activos tóxicos, los NINJA, etc., sino de los síntomas que padece la economía actual y que hace que esta sea considerada mala:

  • El dinero no se mueve.

Punto. Eso es todo, la economía va mal porque el dinero no se mueve. La riqueza global se mide no solo por la cantidad total de dinero existente, sino también por la velocidad con la que este se mueve. Si tengo dinero y lo guardo en un cajón (dinero estático) ese dinero no sirve para nada. Si tengo dinero y lo gasto en un servicio o producto ese dinero pasa a manos de otra persona, quien a su vez puede adquirir otro servicio o producto transfiriendo el dinero a otra persona, y así indefinidamente.

El problema de la economía es que tremendamente inercial: cuando va bien tiende a mejorar, cuando va mal tiende a empeorar. Eso es así porque, en épocas de bonanza, la gente gasta y gasta y todo el mundo gana, mientras que ante una situación de miedo, la gente tiende a acumular reservas (aparentemente lo más sensato), paralizando ese flujo de dinero que contribuye a la riqueza global. Si yo no gasto, así como tampoco gastan las personas como yo, todos esos servicios o productos que antes se adquirían se quedan sin vender, lo que significa que su vendedor se queda sin su flujo entrante de dinero... motivándolo a su vez a gastar menos, ahogando a esas terceras personas a las que antes entregaba sus ganancias. Esta espiral del ahorro nos lleva, si nadie la detiene, a agarrar cada uno nuestro dinero como a un hijo perdido mientras miramos recelosos a los que nos rodean, necesitando sus bienes pero sin querer desembarazarnos de nuestro preciado dinero.

Aquí es donde entran en juego los gobiernos, quienes deben ejecutar su poder en contra de la corriente para renormalizar el sistema. El problema está en que los gobiernos tienen las manos atadas: incrementar el gasto público facilitaría este movimiento, pero ese dinero viene del contribuyente y ya está bastante sangrado; invertir en las empresas con problemas ayudaría a sacarlas del arroyo, pero dar dinero a quien oficialmente ha provocado esta situación resta votos al presidente de turno; incrementar los impuestos para facilitar la redistribución provocaría una huida de los altos salarios a países fiscalmente más laxos, cayendo en una reducción práctica del dinero entrante... ¿Cómo fomentar el gasto público, contentar a los peces gordos que aún tienen dinero y quieren seguir ganándolo y, al mismo tiempo, plantear programas que den votos al presidente de turno? Ya lo dije al principio: los BAB.

A grandes rasgos, los BAB son unos bonos emitidos por la Administración estadounidense que dan, según sus dos variantes, facilidades al emisor del bono (se le permite ofrecer un interés más alto de lo habitual, haciendo el bono apetecible a inversores ávidos) o al receptor del bono (se le ofrece un interés no tan alto pero parcialmente libre de impuestos, apetecible a inversores modestos). Ahora bien, condición sine qua non para capacitar a emisores a financiarse de esta manera es que la totalidad del dinero recaudado ha de utilizarse en la construcción de infraestructuras, asegurando un servicio a los ciudadanos al tiempo que se incrementa el gasto público, que a su vez redundará en proyectos para grandes empresas y, por ende, empleos para muchas personas. La gente gana dinero gracias a estos empleos, lo que puede fomentar que lo gasten, restableciendo el tan necesitado flujo de dinero.

Demasiado perfecto, ¿verdad? Tiene que tener truco... El truco está en que el instrumento no deja de ser un bono, lo que significa que el emisor ha de devolver la cantidad invertida con la adición de intereses, que es posible que sean especialmente altos dada la naturaleza del bono. Ahora bien, la madurez típica de los bonos es de 2 a 5 años (llegado incluso a 50 en algunos casos), lo que significa que ese dinero no se tendrá que devolver hasta dentro de un tiempo; para entonces la economía podría haberse recuperado y la administración tener líquido suficiente en sus arcas para hacer frente a la devolución. Y si no fuera así, siempre puede volver a emitir deuda, esta vez con un interés menor (de lo contrario sería un esquema Ponzi), y atrasar así un poquito más lo que quede por devolver.

¿Funcionará? El tiempo lo dirá... buen fin de semana.