martes, 3 de marzo de 2009

Soplan vientos de bajío

Estaba yo en un típico bar inglés, después de un número indeterminado de pintas de London Pride (ya he dejado de contarlas, no tiene sentido) cuando, por puro efecto diurético del licor de cebada, sentí la imperiosa necesidad de ir al baño a realizar una importante micción (y misión, 2 en 1).

Y estaba yo en el baño, secándome las manos tras las pertinentes meada, sacudida pililil y lavada de manos cuando noto en mi interior el efecto de otro clásico de las veladas londonitas: el kebab. Llámenlo gases, ventosidades, flatulencias... sí amigos y amigas, un pedo se gestaba en mi intestino. Y como estaba en el baño, lugar apropiado para tales menesteres (si es que hay alguno) y el secamanos hacía un ruido ensordecedor pero discretizante, decidí liberar la tensión física, fisiológica y psicológica. Sí amigos y amigas, decidí tirarme un pedo.

Pero cuán traicioneros son los secamanos, esos que se activan con un sensor al que nunca terminas de encontrarle el punto. Cuán traicionero que justo cuando se están abriendo las puertas del averno (poética metáfora para tan escatológica acción) el secamanos decide callar, casi como dando paso a un artista, y mi particular redoble anal resuena en las paredes de la estancia. Pero no contento con ello, justo cuando la vida útil del pedo está llegando a su fin, el secamanos se conecta nuevamente, como queriendo evitar que el silencio gobierne en tan peculiar momento. Qué perfecta sincronización, que inusual melodía... hasta Luis Cobos podría hacer un remix.

Todo esto no tendría mayor importancia si no fuera porque tan particular audición tenía su audiencia, dos ingleses que pasaban por allí y que no pudieron evitar descojonarse ante el espectáculo. Uno de ellos hasta me gritó hey, that was great timing!! Sí bueno, díselo a mi culo.

Historias de pedos hay muchas, tantas como tipos de pedos. Está también la de aquel que estudiaba en la biblioteca durante la tristemente conocida época de exámenes y comenzó a sentir la actividad de su bajovientre. La presión gasística era importante, ¡ríete de Lukoil!, ese pedo apuntaba maneras. Sin embargo la presión por estudiar era aún mayor, y el pobre estudiante pensó que no era el momento de levantarse para ir al baño; en lugar de ello recurrió a su ya sobreexplotado cerebro saliendo con lo siguiente: sabía que, por mucho cuidado que tuviera, no podía tirarse el pedo sin más, ya que en una biblioteca se oiría aunque fuera delicado cual encaje de Pascua; ahora bien, si conseguía reproducir un ruido lo suficientemente intenso como para cubrir el pedo...

Y vio ese libro gordo de Petete sobre la mesa y una desafortunada idea vino. Dejo caer el libro al suelo provocando un ruido intenso, y en ese mismo momento me tiro el pedo y todos tan contentos. Y procedió, con tal mala suerte de que no tuvo el timing adecuado, y lo que ocurrió fue que cayó el libro, provocó un ruido intenso, la gente se giró a mirar qué había pasado y en ese momento disparó. Venga chaval, dedícaselo a la afición.

Pero no todos los pedos son ruidosos, hay algunos callados, tímidos, ladinos, que matan sin avisar... como el colesterol. Los hay musicales. Los hay generosos, de esos que vienen con regalo, también conocidos como pedos-derrape o pedos de fumador (por la mancha de "nicotina" que acaban dejando). Los hay ambiguos, de los que no te dejan claro qué es lo que ha ocurrido. O el pedo interrogativo, que suena como una pregunta inacabada (sabéis a cuál me refiero, oh sí, lo sabéis bien). También es famoso el pedo burbuja, endémico de los entornos subacuáticos o de las mallas de lycra.

Todos diferentes pero todos aceptables en este mundo que acoge de tan buen grado la diversidad. ¿Cuál es tu favorito?