domingo, 28 de septiembre de 2008

El violinista en el tejado

No, el título de esta entrada no tiene nada que ver con la película de Norman Jewison, ni mucho menos con la obra de teatro en que se basó ni con la novela rusa que inspiró esta historia (Las hijas de Tevye, por si a alguien le interesa). Tal vez pueda resultar confuso para el lector tamaña violación de las normas básicas de la escritura, "el título debe ser una introducción de lo que vendrá a continuación", pero ya viene bien que comencemos la andadura de este blog de manera tan extraña: así la (esperemos) creciente audencia sabrá a qué debe atenerse.

Parece que ha habido una especie de pulso entre los dos coautores para ver quién daba el primer paso. Ya sea por respeto al espíritu de equipo o por miedo a darse la primera en la frente cada uno dejaba al otro el honor de la inauguración, creando la bizarra situación de mantener un espacio de expresión que no tiene nada que decir; bien, al final ha sido Muisheto Feroz quien se ha llevado el gato gordo al agua y he acabado cediendo: ladies and gentleman, this blog is officially on.

La temática será extremadamente variada, o mejor dicho, no habrá temática. Este blog está pensado como una vía de escape a todas aquellas cuestiones que nos corroen por dentro y que no podemos liberar en forma de flatulencia. Estoy seguro de que sabéis a lo que me refiero, a todos os ha pasado alguna vez. Son aquellas reflexiones que están continuamente en tu cabeza, ese run-run incesante que conforma el ruido de fondo de tus pensamientos. Lo tienes tú y lo tengo yo, solo que en este lado además hemos pensado que nuestras reflexiones son de tanta calidad que merecen ser compartidas con el mundo; ya ves, llámame inmodesto, seguro que tú lector eres feo, tonto, calvo o algo mucho peor... y si no lo eres, ¿qué carajo haces aquí? ¡Sal a la calle a conquistar mujeres! (N.d.A.: el último chascarrillo se aplica también a mujeres con respecto a hombres, a hombres con respecto a hombres y a mujeres con respecto a mujeres; no queremos que el ministerio de Bibiana Aído nos venga a tocar los mondongos a las primeras de cambio).

Pero volvamos al tema que nos ocupa: El vionilista en el tejado. Como ya he dicho esta entrada no tiene nada que ver con la película, aunque sí con los violines. O más bien con un violín en concreto, el violín de tres cuerdas que apoyé en mi hombro izquierdo el pasado jueves. Estaba en una especie de concierto amateur en casa de unos amigos, había flautas, un órgano y un violín. Yo nunca he tocado ningún instrumento, pero como todo hijo de vecino me hacía ilusión probar suerte con aquel violín. Tras pocos minutos arañando cuerdas conseguí arrancarle algunas notas, no es que fuera fácil, pero tuve la sensación de que con práctica podría hacer que aquello funcionara. Y entonces uno de mis amigos soltó una pequeña bomba: "¿por qué no aprendes a tocar un instrumento?"

Lo de "bomba" es porque la pregunta era totalmente lícita: ¿por qué no lo hago? La verdad es que me encantaría. Más de una vez he fantaseado con la tremenda expresividad que otorga saber tocar un instrumento, y en ese mismísimo momento lo hice. Durante una décima de segundo me vi con un violín en el hombro, los ojos cerrados, las manos moviéndose con total autonomía y mis pensamientos modulando una melodía que impregnaba el aire. Era como decir sin hablar. Melodías monótonas y pausadas para expresar calma, melodías con saltos entre graves y agudos y rápidos cambios para expresar excitación. Y combinar estas melodías con las de otros músicos, alcanzando lo que casi podría considerarse una comunicación telepática.

Sí, sería grandioso, pero detrás de la fantasía hay una realidad: dedicación, dedicación y más dedicación. Tristemente tuve que reconocer que no tengo tiempo para aprender a tocar un instrumento, ya que mi tiempo ya anda escaso para cumplir con mis otros proyectos personales. Uno tiene que ser realista y elegir, de entre todas las actividades que podría hacer, cuáles son las que le van a proporcionar mayor satisfacción y concentrarse en ellas, y la verdad es que yo ya tengo overhobbying. Es cierto que uno debe luchar siempre por conseguir sus metas, pero como ya me enseñó un buen amigo, a veces hay que renunciar a unas puertas para sacar provecho de otras.

Esta fue la primera entrada, queda vista para sentencia.